Hablar de espíritu o alma es ciencia

Por: Aurelio Fernández

Los tiempos para la ciencia parecen estar cambiando, aunque todavía somos víctimas de la dogmática y mal llamada ciencia evolucionista que postula que el hombre proviene de una ameba y que el universo surgió de una explosión. Nada más absurdo y contrario al sentido común, pero que triste y amargamente son los conceptos que hasta estos días manejan la educación. Sin embargo existen también los científicos creacionistas que defienden la idea de una inteligencia superior como la creadora y sustentadora del gran orden cósmico del que en forma abusiva mal sacamos provecho. Lamentablemente, estos científicos creacionistas son expulsados de esa comunidad científica que ve amenazadas sus convenientes y peligrosas investigaciones que les dejan fama y ganancias jugosas.

Famoso es el caso del filósofo inglés Antony Flew, que hasta sus 84 años de edad mantuvo su credo ateo, siendo considerado uno de los mayores baluartes de esa postura, hasta que, como él mismo lo declarara, “este cambio en mi pensamiento comenzó a producirse a raíz de las implicaciones filosóficas que tenían algunos de los aspectos de la naturaleza que iba desvelando la ciencia.”

Con estas palabras concluyó Flew su descubrimiento de lo divino: “El descubrimiento de fenómenos como las leyes de la naturaleza… ha conducido a científicos, filósofos y otros a aceptar la existencia de una mente infinitamente inteligente. Algunos aseguran haber establecido contacto con esta mente. Yo no lo he hecho; no todavía. Pero ¿quién sabe lo que podría ocurrir en el futuro? Quizás algún día pueda oír una Voz que dice: “¿Me escuchas ahora?”.

Si definimos la ciencia como aquel conocimiento que está sujeto a comprobación veremos que los científicos del espíritu no solo tienen experiencia directa de las verdades que promulgan sino que estas verdades se mantienen en el tiempo y son de real beneficio para la humanidad y para el mundo en general. En cambio, las verdades que sustentan las ciencias materialistas no pueden más que presentarse como teorías por su carácter cambiante e incierto.

En las ciencias del espíritu vemos que sus practicantes siguen con gran disciplina y celo las enseñanzas y consejos que sus antecesores les dejaron, para encontrar con regocijo las mismas verdades con que ellos se iluminaron en el pasado. En las ciencias mundanas, por otro lado, vemos más bien que cada sucesor se destaca por señalar los errores y equivocaciones de esas teorías que antes se defendieron con tanta vehemencia. De esta manera, en lugar de avanzar de una iluminación a otra, que comprometa y agracie nuestras vidas, van de una teoría endeble a otra, donde a fin de cuentas se pierde todo encanto por la Verdad y solo la consideran un principio relativo.

De esta manera lo divino es ciencia, pero como toda ciencia, pertenece a un campo de comprensión y de percepción superior. El hecho que no todos puedan ver el espíritu no es prueba de su no existencia. De hecho, al igual que sabemos de la existencia de la mente y de la inteligencia aunque no las veamos, así mismo el espíritu es percibido por su síntoma que es la conciencia, gracias a la cual todo lo demás es percibido.

No todos pueden entender las ciencias físicas y matemáticas, pero nadie puede negar su existencia porque vemos su aplicación en la materia. Del mismo modo podemos apreciar la ciencia espiritual aplicada en el carácter del hombre y comprobar sus resultados de mayor salud, sabiduría, armonía y bienestar. Y así como no todos pueden comprender los razonamientos de la ciencia pero sí se utilizan para beneficio de la sociedad, del mismo modo, aunque no todos puedan apreciar las virtudes de una conciencia espiritual, ésta se debería promover y establecer en la sociedad para beneficio de las personas en general. Así como el gobierno debe velar porque se provean alimentos sanos para el cuerpo, la misma preocupación debería existir para alimentar la conciencia.

Lo más probable es que el rechazo por una formación más espiritual y el asentamiento de una educación secular se haya debido al mal comportamiento de algunas religiones que mostraron un carácter muy dogmático y carente de firmes bases filosóficas con claras respuestas. Pero esto no es razón para negar la religión en su totalidad porque lo mismo podríamos decir de la misma ciencia que tanto mal ha causado con su creación de bombas atómicas, fugas de energía nuclear, ruptura de la capa de ozono, etc, etc. En lugar de rechazar de plano la ciencia del espíritu debemos buscar la forma de bien aplicarla, lo mismo que pretendemos hacer con la ciencia de la materia. La historia nos demuestra que las culturas o civilizaciones prosperaron en tanto fueron religiosas, y la decadencia comenzó tan pronto la espiritualidad se fue dejando de lado.

Después de todo, ¿quién sueña con tener un hijo drogadicto o una hija embarazada a los trece años, o quién sueña con líderes corruptos o con empresarios engañadores? ¿Pero si no hay calidad espiritual en la enseñanza cómo esperamos tener buenos ciudadanos? Por falta de dar valores espirituales los mismos centros de estudio se han vuelto una gran amenaza para la formación de los pupilos, por lo que muchos padres prefieren, o preferirían, educar a sus hijos en casa.

Alguien podría alegar que estos valores tienen que ser dados en los hogares, ¿pero qué sacamos con hacerlo si en las escuelas no se va a mostrar ningún interés por lo trascendental y divino? ¿Si se va a incentivar una visión sin valoración de lo que tantas almas con realizaciones superiores nos han dejado? Más bien los niños perciben esta contradicción entre sus padres y educadores y se sienten confundidos y decepcionados de estos mayores que carecen de conceptos claros en su instrucción.

En lugar de ignorar la fe debemos cultivarla y mejorarla, nada en esta creación está de más, y así como pretendemos mejorar nuestra memoria, nuestra inteligencia o las habilidades de nuestro cuerpo, ¿por qué no mejorar también nuestra capacidad de confiar en las buenas capacidades de nuestra conciencia? Hemos descubierto las maravillas del átomo, de las células, de las hierbas, de tanto elemento en general, es extraño que nos neguemos tanto a descubrir nuestra natural riqueza interior, sin duda la razón de esto es el esfuerzo que esto significa, pero el mundo también nos exige esforzarnos para lograr cualquier perfeccionamiento.

Todos los objetos de los sentidos ejercen su fuerza de atracción sobre sus respectivos sentidos y la mente, el conocimiento lo ejerce sobre la inteligencia, y la fama o el éxito competitivo sobre nuestro ego falso, del mismo modo el Espíritu Supremo ejerce Su atracción en nuestra fe.

La fe es la manifestación superior de la conciencia porque es la que le da proyección. La misma inteligencia, que se atrae más por el conocimiento que por el placer, busca su proyección gracias a la fe. La fe es entonces la que nos abre el espacio para crecer. Como acabamos de decir, la fe es el llamado de nuestro Origen, invitando a nuestra conciencia hacia su supremo bien, tal como el salmón que nada río arriba, miles de kilómetros, hasta volver a su cuna.

Los sabios de la India han dicho que así como la naturaleza del agua es bajar porque su origen es el mar, y así como la naturaleza del fuego es subir porque su origen es el sol, del mismo modo la naturaleza de nuestra conciencia o espíritu es ascender hacia ese Bien Absoluta que ha sido la fuente de su generación.

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